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El Fuego que llevamos Dentro

November 8th, 2007

El fuego es una de las imágenes más bellas. Un fuego
emite luz y calor; consume y quema. Muy pocas cosas en
la vida pueden cautivar tanto nuestra atención como
las sencillas llamas del fuego.

Cuando una persona hace fuego empieza colocando
cuidadosamente la madera y asegurándose de que está
seca. Este cuadro del fuego trae a colación otra
realidad oculta a la vista, no menos hermosa y
excelsa, imposible de tocar y misteriosa, que puede
llegar a arder más que las mismas llamas del fuego.
Ese otro fuego es la vocación específica de cada
persona.

Cuando Dios crea a un hombre, pone un fuego en su
alma. Todas las cualidades que nosotros atribuimos a
un fuego las podemos usar para entender bien y
apreciar mejor la realidad de una vocación.

La vocación es algo sumamente hermoso. En el primer
libro de Jeremías leemos la palabra de Dios a su
profeta: «Antes de que te formará en el seno materno
te conocí y antes de que nacieras te consagré». De
todas las imágenes de nuestra relación con Dios, pocas
son más llamativas que la realidad de que Dios nos ha
conocido y tiene un plan para cada uno. Antes de que
naciéramos Él empezó a hacer en nosotros un fuego.

Una vocación es hermosa porque es un camino específico
dado por Dios para encontrarlo. Es un camino a la
felicidad personal. En la vocación particular todo
hombre y mujer halla la plenitud de vida que le hace
verdadero ser humano. Nosotros, además, estamos
llamados a la vocación de la santidad. En la Iglesia
sus miembros están llamados a adquirir la santidad
fortalecida por tantos y grandes medios de salvación,
aunque todo el creyente, en su propia condición o
estado, está también convocado por el Señor a la
perfección de santidad porque quien llama es «Él, el
Padre perfecto».

Una vocación es una fuente de luz. Desde el principio
del tiempo el ser humano ha buscado entender el
propósito de su misión en la vida: ¿quién soy yo?, ¿de
dónde vengo?, ¿a dónde voy? La luz que recibimos al
encontrar nuestra vocación, nuestra misión en esta
vida, es una respuesta a todos esos interrogantes. La
vocación define a un hombre, le resuelve la pregunta
acerca de quién y qué debe hacer: profesor, sacerdote,
doctor, madre, padre… Cuando el ser humano entiende la
realidad de su vocación, todos los otros
cuestionamientos se le resuelven. La vocación es la
respuesta al origen y propósito de vida de cada uno.
«Me has creado para Ti y mi corazón está inquieto
hasta que descanse en Ti». En otras palabras, cuando
uno se realiza en su vocación, se está en la plenitud
de la luz. Se puede ver claramente el camino que Dios
nos ha puesto delante, dónde empieza y a dónde va.

Una vocación también emite calor, se funde en el
culmen radiante del amor. Y es que la vocación más
fundamental para todos es la de amarse: «Os doy un
mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros
como yo les he amado». Fuera del amor el hombre es
incomprensible. Cada vocación es especial: la vida
matrimonial, la vida consagrada: son significaciones
del amor de Dios irradiado en el mundo.

Una vocación consume y quema. El Evangelio está lleno
de paradojas. Nos dice que aquellos que se lamentan
serán exaltados; que los que lloran, reirán y que
aquellos que deseen encontrar su vida deben perderla.
Toda vocación es seguida por un sacrificio. Pero ese
sacrificio, ese yugo de Dios «es su testamento que
nosotros aceptamos. Y este testamento no es pesado
porque no oprime ni nos quita nuestra libertad». Su
testamento nos sirve para conocer el camino de nuestra
existencia; por eso es también nuestra alegría: no nos
aliena, nos purifica incluso cuando esto puede ser
doloroso, pero nos lleva más allá de nosotros mismos.
Responder a la llamada de Dios es dejar nuestros
propios planes y ambiciones de lado; lo que solemos
pensar que nos hará felices. Todo para que encontremos
la verdadera felicidad en Dios.

Una vocación es cautivadora. Nuestra sociedad tiene
sed de héroes. La muerte de Juan Pablo II nos lo
demostró. Las personas buscan modelos para emularlos.
Los hombres y mujeres sinceros buscan vivir lo que
esos héroes profesan y no se asustan en proclamarlo a
otros. En Juan Pablo II millones de seres humanos
vieron a un héroe. El vivió su vocación como cristiano
y como sacerdote plenamente. Él fue una «luz que
brilló en la oscuridad»; cautivó porque su llama
iluminó como una lámpara la gran casa del mundo.

Es propio del hombre buscar el significado de su vida.
Tiene hambre por resolver los planteamientos
fundamentales de su existencia y necesita una luz para
guiarse en este empeño. Sólo con la ayuda de Dios los
anhelos del hombre quedan satisfechos. Por eso es
importante que cada hombre y mujer descubran el camino
al que Dios les ha llamado y cultiven así el fuego de
su vocación.

Cell:0444491296710
Aguascalientes,Ags, México
charlyleos@yahoo.com
correo:carlos.leos@inegi.gob.mx
tel:01-449-9-10-53-00 ext 4746
Particular:01-449-1719439

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